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(Extractos de la entrevista con Sebastiá
Caldentey, segunda generación de una saga familiar
de tres generaciones en la piedra www.sebastiacaldentey.com))
Al contrario que el corte de troncos con tronzador,
el verduc no se utilizaba a dos manos, sino solo con
una. Aún más, el buen cortador hacía
llegar el puño hasta casi rozar el cuerpo al
estirar (rozando el bolsillo del pantalón).
Naturalmente la facilidad del corte depende del afilado,
que se hacía 1 vez al día.
Cuando el verdug llega a una cierta profundidad, o
se corta una piedra que contiene agua (pedra tenra)
se embota, dificultando o bloqueando completamente el
deslizamiento. Para ello los canteros le daban un golpe
suave con la maceta a cada tirón, sin dejar de
serruchar con la otra, lo que le daba un característico
ritmo perfectamente reconocible (serruchada-golpe-serruchada-golpe...)
Sebastía dice que el sonido siempre le recordaba
las películas de romanos, en las que en las galeras
un tambor marca el ritmo de los remos. De la mísma
manera, el sonido rítmico de la maceta guia a
los canteros en el corte, proporcionando ritmo y cadencia.
A la hora de iniciar el corte, el verduc , con sus
grandes dientes, resbala sobre la piedra, por lo que
primeramente se abre el corte con un tipo de serrucho
(xorrac de molla) abriendo un corte de alrededor de
1 cm y rompiendo las dos esquinas de un lado del corte
para facilitar el recorrido de la hoja del verduc, pues
es en los extremos donde se suele bloquear. Con estos
pequeños trucos, el corte con verduc no tiene
más misterio. Solo son necesarios dos buenos
brazos... y ganas de trabajar...

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