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CAPÍTULO X
De los pórticos detrás del escenario y
de los paseos
Detrás del escenario se han de hacer pórticos,
a fin de que, si alguna vez unos chaparrones imprevistos
viniesen a interrumpir el espectáculo, el pueblo
tenga dónde guarecerse; y además, para
que los coros encuentren en estos locales espacio suficiente
para su adiestramiento. Tales son los pórticos
del teatro de Pompeyo; y en Atenas, los pórticos
de Eumene, cerca del teatro y del templo de Baco; y
a la salida del teatro, a mano izquierda, el Odeón
que Temístocles, después de haber puesto
columnas de mármol, cubrió enteramente
utilizando mástiles y entenas de las naves tomadas
a los persas, y el que, después de haber sufrido
un incendio en la guerra mitidrática, fue reedificado
por el rey Ariobarzanes; en Esmirna hubo el pórtico
Stratoniceo; en Tralles había, a ambos lados
del escenario, pórticos dominando el Estadio.
En todas las demás ciudades que han tenido arquitectos
inteligentes y cuidadosos hay en torno a los teatros
lugares porticados y paseos. Estos pórticos,
a mi juicio, han de ser construidos de modo que sean
dobles en lo ancho y que tengan sus columnas exteriores
dóricas con arquitrabes y las cornisas y demás
adornos realizados siguiendo las proporciones del trazado
modular.
En cuanto a las anchuras de los pórticos, me
parece que deberán hacerse de modo que las columnas
exteriores alcancen tanta altura como tengan de anchura,
medida desde la parte inferior de las columnas exteriores
hasta las intermedias y de éstas a las paredes
que circunscriben los paseos de los pórticos.
En cuanto a las columnas intermedias, que sean una décimoquinta
parte más altas que las exteriores, pero conforme
al orden jónico o al corintio.
Las proporciones y las simetrías de estas columnas
deberán ser diferentes de las dadas para las
columnas de los templos; porque tanta solidez se exige
en éstos como delicadeza reclaman los lugares
porticados y otras obras semejantes. Por eso, si las
columnas fueren del orden dórico, su altura,
comprendido el capitel, se dividirá en quince
partes, una de las cuales se adoptará como módulo
y con arreglo al cual se regulará toda la obra;
en la parte inferior el grueso de la columna tendrá
dos módulos, y el intercolumnio cinco y medio.
La altura de la columna, sin incluir el capitel, será
de catorce módulos; la del capitel, de un módulo;
su anchura, de dos módulos y un sexto. Todas
las demás medidas del resto de la obra se harán
con arreglo a las reglas dadas para los templos en el
Libro Cuarto. Pero si las columnas fueran jónicas,
entonces el fuste, sin la basa ni el capitel, se dividirá
en ocho partes y media y se dará una al imoscapo;
la basa con el plinto, medio imoscapo; y la forma del
capitel será cual se ha descrito en el Libro
Tercero.
Si la columna fuese corintia, el fuste con la basa
será como en las jónicas, pero el capitel
se hará de acuerdo con las reglas dadas en el
Libro Cuarto. Los pedestales tendrán también
vuelos desiguales, a manera de escabeles, con arreglo
a la descripción hecha en el Libro Tercero. Los
arquitrabes, las cornisas y todas las demás partes
tendrán las medidas proporcionadas a las columnas,
según se ha dicho en los libros precedentes.
Los espacios intermedios que quedan al aire libre entre
los pórticos parece que deben ser adornados con
verdor, porque los paseos al aire libre son muy saludables,
muy especialmente para la vista, ya que el aire, Por
influencia de las plantas, se hace sutil y leve, e infiltrándose
en el campo por razón del movimiento, libra a
los ojos del humor craso, despeja la vista y hace la
visión perspicaz y aguda. Además, como
el calor que se produce en el cuerpo con el ejercicio
del paseo extrae y consume la humedad de los miembros,
merma los excesos y atenúa lo superfluo, disipando
lo que de sobreabundante puede contener el cuerpo. Y
que esto es así se comprueba viendo que cuando
hay fuentes en lugares cubiertos, o lagunas subterráneas,
no se levanta de ellas ninguna evaporación, mientras
que, por el contrario, en lugares descubiertos y al
aire libre, en cuanto el Sol al salir toca con sus rayos
la tierra, hace que surjan de ella vapores húmedos
que, condensados después en nubes, se elevan
por los aires. Luego si está claro que en los
parajes a cielo descubierto el aire aspira de los cuerpos
los humores nocivos, lo mismo que vemos que se aspiran
de la tierra en forma de nieblas, no creo que pueda
ponerse en duda que es necesario que en toda ciudad
se hagan a cielo descubierto muy amplios paseos y muy
bien dotados de verdor. Ahora bien, para que estos paseos
se conserven siempre secos y no fangosos, será
preciso proceder de este modo: profundícese en
el terreno y váciesele lo más hondo posible;
háganse luego a derecha e izquierda alcantarillas,
en cuyo interior y con inclinación suficiente
hacia los desagües se irán poniendo arcaduces.
Hecho esto, se rellena la zanja con carbón y
se termina de cubrir y allanar con arena gruesa o grava.
De este modo, por la natural porosidad del carbón,
así como por la inclinación de los arcaduces
dentro, de la alcantarilla, las aguas tendrán
salida y los paseos quedarán secos.
Añádase además el hecho de que
la previsión de nuestros antepasados hizo que
estos paseos fuesen como almacenes donde las ciudades
encontraran medios de subvenir a grandes necesidades:
en efecto, en caso de asedio, la más difícil
provisión es la de la madera; pues la sal se
importa más fácilmente de antemano; los
graneros, ya privados, ya públicos, se aprovisionan
pronto con una cantidad suficiente de trigo, y, si es
necesario, se remedia con legumbres, carne o verduras;
el agua, si llegase a escasear, se consigue bien excavando
pozos, bien recogiendo la que cae de los tejados durante
las lluvias. Pero el aprovisionamiento de leña,
que tan necesaria es para cocer los alimentos, es difícil
y molesto porque requiere tiempo para traerla en cantidad
suficiente, y por añadidura se consume más
en esas épocas. Para atender a estas apremiantes
necesidades, es por lo que se abren estos paseos y se
distribuye la madera, racionándola entre los
habitantes a tanto por cabeza. De este modo estos paseos
al aire libre aseguran dos cesas muy estimables: una,
su contribución a la salubridad en tiempo de
paz; y otra, una gran ayuda para suplir la carencia
de leña en épocas de guerra. Así
pues, por estas razones, tales paseos, hechos con arreglo
a esas disposiciones, podrán prestar grandes
beneficios a las ciudades; y será muy conveniente
hacerlos en todas ellas no sólo detrás
de los escenarios de los teatros, sino también
en torno de los templos.
Y puesto que considero que estas cosas han sido ya
bastante desarrolladas por mí, pasaré
ahora a explicar la disposición de los baños.
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