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Los 10 libros de la Arquitectura de Vitrubio : Teatros
Artifex - © 2003
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CAPITULO III
Cómo se debe construir un teatro para que su situación sea saludable

Una vez elegido el lugar en que haya de hacerse la plaza pública, es preciso escoger el sitio más sano posible para edificar el teatro, donde se celebren los espectáculos en las festividades de los dioses inmortales, ateniéndose en lo que se refiere a salubridad a las reglas consignadas en el Libro Primero, al hablar del asentamiento de las ciudades.

Porque los espectadores, que con sus mujeres e hijos permanecen sentados todo el tiempo que dura el espectáculo, cautivados por el interés e inmovilizados por el gusto de la representación, a causa de la quietud, tienen todos los poros de su cuerpo abiertos, y en ellos insensiblemente penetra el aire; y si éste viene de lugares pantanosos, o por cualquiera otra causa viciados, infundirá en los cuerpos emanaciones perjudiciales. Estos daños se evitarán si se tiene un gran cuidado en escoger para el teatro un lugar adecuado. Además, es preciso que no sufra los ardores de los vientos del Mediodía; porque cuando los rayos del Sol llenan el ambiente del local, el aire encerrado en aquella órbita, no teniendo libertad para circular, se calienta muchísimo y con su ardor abrasa, recuece y absorbe la humedad de los cuerpos. Por eso se ha de huir especialmente de la orientación a lugares viciados y se ha de escoger la de aires saludables.

La estructura de los cimientos será fácil, si el edificio hubiera de construirse al pie de un monte; pero si la necesidad obligase a construirlo en un sitio llano o pantanoso, no será posible hacer una cimentación sólida, sino ateniéndose a las reglas dadas en el Libro Tercero a propósito de los cimientos de los templos.



Sobre los cimientos se han de hacer a partir del nivel del suelo escalones de piedra o de mármol. Los ánditos deben hacerse en proporción con la altura del teatro; pero no más altos que la anchura que debe tener el camino del ándito; pues, en efecto, si fuesen más altos, harían que las voces repercutieran y fuesen rechazadas desde la parte superior, y en los últimos asientos, que están sobre los ánditos, impedirían que las últimas sílabas de las palabras llegasen netamente a oídos de los asistentes. En suma, la estructura debe estar regulada de tal modo que un cordel extendido desde el ándito de la grada ínfima a la última toque las cimas y ángulos de todas las gradas; con este procedimiento la voz no encontrará obstáculos y no quedará ahogada.
Precísase además distribuir muchos y espaciosos accesos y no hacer los superiores unidos a los inferiores, sino todos ellos seguidos, rectos y sin recodos, a fin de que cuando, terminado el espectáculo, los asistentes hayan de salir, no se aprieten unos contra otros, sino que haya desde todas partes salidas independientes y expeditas.

Además, habrá de procurarse con el mayor cuidado que el lugar no resulte sordo, sino que, por el contrario, las voces se perciban en él con gran claridad, lo que se conseguirá eligiendo un lugar en donde no se encuentren obstáculos por resonancia. Pues la voz es una corriente de aire que fluye y que llega con claridad al oído por la repercusión del aire y se difunde por infinitas ondas circulares, del mismo modo que, cuando se arroja una piedra en un estanque, son innumerables los círculos que se forman en el agua y que se van haciendo más amplios a medida que alejándose del centro se van extendiendo hasta extinguirse en círculos cada vez mayores, si no lo impide o la limita ción del lugar u otro obstáculo. Mas si por alguno, de estos u otros motivos son detenidas las primeras ondas, éstas refluyen y a su vez detienen y perturban la marcha ordenada de las que las siguen, de la misma manera la voz se propaga también por movimientos circulares, pero, además, se va gradualmente elevando en altura. Por consiguiente, lo que sucede en el agua con la evolución de las ondas ocurre con la voz: en tanto que no haya obstáculo alguno que detenga a la primera onda, ésta no perturbará a la segunda ni a las otras siguientes, sino que todas, sin resonancia, llegarán igualmente a los oídos de los que ocupan tanto los lugares más bajos como los más altos.

Por eso los arquitectos antiguos, siguiendo las normas de la Naturaleza y discurriendo sobre la propiedad ascensional de la voz, hicieron graderías en los teatros y buscaron por medio de reglas matemáticas y con las proporciones musicales que cualquier vez llegase desde la escena con la mayor claridad y suavidad a los oídos de todos los espectadores. Porque de la misma manera que los antiguos, en vista de la claridad del sonido de las cuerdas, acordaron los instrumentos sonoros de viento, de metal o de cuerno, de la misma manera hicieron la distribución de los teatros mediante las leyes de la ciencia armónica, con miras a aumentar los efectos de la voz en los teatros.

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